Abanderarse a uno mismo

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Nacemos más o menos iguales. Pequeños, blandos, torpones, ruidosos, frágiles, molestos. Pero en algún momento de la vida todo se tuerce. Por alguna razón hay que hacerse especial a toda costa. Y ahí empieza la carrera por ser uno mismo, que suele ser cuesta abajo. La única manera de frenarla en seco es tener a mano una abuela que pinche el globo antes de que zarpe por los aires hinchado como un zepelín. La mía, por ejemplo, pasó los primeros 10 años de mi vida (y los 10 siguientes) enjaulando mi naturaleza con la zapatilla cada vez que tenía un arrebato de identidad. Pero ahora hemos apartado a las abuelas para echar mano de los gurús y del mantra con el que se han propuesto cincelar una nueva era de hiperpersonalidades:«Yo soy yo, ergo soy distinto, ergo soy mejor, ergo mírame, ergo me merezco, ergo no tengo más remedio que ser subnormal». Abanderarse a uno mismo se ha convertido en obligación hasta el punto de que la propia miseria es motivo de orgullo y la verdad ya no es una, porque cada cual tiene la suya. Faltaría más.