Un atardecer hace mucho

Al barrio de mi niñez el calor no le sentaba. Hacia mayo iba subiéndole la fiebre, que para agosto ya había expropiado todas las miserias para socializarlas en balcones a la calle. En aquella función diaria, a eso de las tres se asomaba el loco del tercero a dar un pregón en calzoncillos que duraba hasta las cuatro, hora en que la profesora de piano violaba el alto el fuego de la siesta entre abucheos de una platea que no podía dormitar en re mayor, sobre todo porque enseguida estallaban ruidosa

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